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25 ene
2008

Enneagrama, uno de los puntos.

Después de darle una vuelta y media al librito sobre el ENNEAGRAMA de Maite Melendo, mirar en Internet y seguir las pautas que se dan para conocerse mejor, conocer a los demás, intentar comprender les y de esa forma aceptarles y aceptarme; trataré de plasmar los rasgos más identificativos sobre los que me veo reflejado y de esa forma ser un poco más transparente a riesgo de estar en desventaja con los que puedan leerme, pero será una forma de aceptar las críticas, superarme e incrementar mi autoestima y de esa forma tratar de cambiar o sanar mis defectos mas característicos, aunque esto ya resultará una tarea un poco más ardua y constante.
Es cierto que uno encuentra parecidos con muchas de las definiciones de cada uno de los nueve tipos/puntos analizados, pero al tener que elegir el que más te define, he pensado que tal vez sea cierto que uno vive un poco a la defensiva, preparado para el contraataque, mostrando fortaleza y energía en hacer justicia, aunque ello desde fuera se vea como venganza o represalia. Es decir, tratar de hacer justicia y dar a cada uno su merecido. Las causas posibles que originan ese ego-represalia, no me parecen lógicas, pero es cierto que ejercemos de esa guisa y ponemos en práctica lo de” la mejor defensa es un buen ataque”. Si, solemos estar a la defensiva. Ya lo he escuchado muchas veces y en situaciones muy dispares.
Parece que dentro de la idealización del ego, la fuerza y la energía priman. Dentro del poder que uno piensa que tiene la capacidad de ejercer, se encuentra oculto el “yo hago justicia”. Es cierto que no somos partidarios ni de la venganza ni de las represalias, pero en nuestro caso cuando somos nosotros quienes la ejercemos, pensamos que estamos haciendo justicia. Es posible que intimidemos a los más débiles, que detectemos sus debilidades, que seamos mandones, que nos sintamos orgullosos de nuestra capacidad de hacer y actuar. Pensamos que hacemos justicia y damos a cada cual su merecido.
La intensidad con la que actuamos, el deseo vehemente en lo que nos gusta es propio en nosotros porque aunque predicamos moderación, en realidad la consideramos esa forma de sentir y actuar de personas débiles. Nuestra ternura, nuestra sensibilidad están bastante ocultas por considerarlas una debilidad más. Nuestra pasión por el exceso al ser personas inquietas y activas hasta el extremo, procede tal vez de ese aburrimiento interior que se trata de compensar con la búsqueda constante de hallar satisfacción en exceso y de ahí ese apasionamiento por las actividades.
Nuestra pasión huye de la ternura, la reprimimos y nos avergonzamos de los sentimientos que poseemos y que ponemos bajo una coraza, mostrándonos más fuertes y poderosos de lo somos en realidad. Como consideramos una debilidad esa ternura, procuramos no darnos a conocer, no mostrarnos a los demás como realmente somos. No nos gusta que vean en nosotros esa parte tierna y sensible. A veces tratamos de asustar cuando en realidad somos nosotros los que estamos asustamos y de esa forma combatimos nuestro miedo. Es típico en nosotros provocar, pinchar a los demás y cuando lo hacemos estamos agrediendo aunque no nos veamos como agresores. Otro mecanismo de defensa que solemos usar es mantener de entrada una postura negativa, de entrada “no”. Es cierto que detectamos con facilidad a quienes pretenden engañarnos, no somos conscientes de que también somos capaces de engañar, de mentir, de abusar de otros en un momento dado y de manipular. Lo nuestro es desenmascarar, hacer justicia, descubrir el engaño, pero al esconder nuestra parte más tierna y sensible nos mostramos como manipuladores de la realidad.
Desperdiciamos energías cuando vemos nuestra propia impotencia, castigándonos y enfadándonos cuando la realidad no funciona como creemos que debería hacerlo. Por eso nos dedicamos a desenmascarar y una vez descubiertas las incoherencias en los demás las hacemos saber, esa manera de expresarse sincera y directamente con bastante exageración es una forma de comunicarnos que nos pierde. La diplomacia no nos acompaña, no nos andamos con rodeos y podemos resultar en esa comunicación groseros con tal de desmontar cualquier montaje por pequeño que este sea.
Cuando nos vamos descubriendo, nuestra reacción más propia es la negación, nos avergonzamos de haber descubierto nuestra sensibilidad y nuestra ternura y negamos nuestra peculiar forma de ser y actuar.
En nuestro exacerbado hedonismo nos preguntamos con cierta frecuencia si tendremos tiempo suficiente de todo cuanto tenemos que disfrutar. En todo cuanto acontece tenemos la tentación de calificarlo de justo o injusto y aunque nos sintamos autosuficientes, desconfiamos de nosotros y obviamente de los demás. Por tanto nuestras relaciones se supeditan a si controlamos el entorno y dominamos la situación. Cuando no lo conseguimos solemos a veces enfadarnos y no tenemos ninguna dificultad en mostrar nuestro enfado dando a conocer la injusticia que según nosotros se está llevando a cabo. Podemos ser complacientes pero nos mostramos agresivamente fuertes con tal de conseguir lo que deseamos. Intuimos con facilidad la imperfección, la percibimos como una barrera para conseguir la justicia que tratamos de imponer en todo.
Para mejorar internamente necesitamos fomentar la ternura, la sensibilidad y gentileza que con tanto celo catapultamos hacia nuestro interior. Necesitamos utilizar esa fortaleza que manifestamos a favor de los demás, ayudar mas, construir más, absorber y demoler menos y utilizar con objetividad nuestro elevado sentido de la justicia en beneficio de todos.
Necesitamos creer más en la inocencia que supone vivir el aquí y ahora con la espontaneidad y la simplicidad propias del niño. No tener pre-juicios acerca de cómo deben ser las cosas. Nuestra actitud ante la vida debe creer más en la inocencia, dejando de vivir a la defensiva por temor a la agresión, vivir la realidad de cada momento sin maldad y dejar de pensar en que ni nos hiere ni tiene por qué herirnos.
Sabemos que la venganza y la represalia son innecesarias. No nos corresponde a nosotros actuar en ese sentido. El mundo tiene sus leyes y existen poderes y providencias que ya imparten justicia. Parece que poseemos una gran magnanimidad, estamos seguros de nosotros y podemos gozar de la vida encauzando nuestra objetividad y consiguiendo más entusiasmo y alegría por la vida.
Se nos define como individuos dotados de una gran energía y que ponemos un enorme celo en cuanto realizamos. Debido a nuestro sentido de la justicia, somos muy objetivos y podemos llegar a ser excelentes amigos y consejeros. Lo que no añade por ningún lado y eso lo pienso yo, es que podemos llegar a ser también unos pésimos enemigos.
La enseñanza del sufismo entre otras características tiene un sentido práctico de la vida, así como al desarrollo de la inteligencia intuitiva y amorosa. Trataremos de seguir su enseñanza hasta llegar a la plenitud de nuestro ser. Voluntad que no falte.
El objetivo es encontrar el término medio, el equilibrio en nuestra cualidad esencial o rasgo dominante, para no exagerarla ni por exceso ni por defecto. Una vez definido el punto de los nueve que se detallan en la circunferencia que representa la totalidad del ser, comenzamos a reconocernos y conocer nuestro interior.




archivado en Sufismo a las 14:19:21


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