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28 ene
2006

Los trogloditas de Bono, por F. Quevedo.

Desde aquellos primeros días en que Bono autocondecoró su propia valentía, su entrega a la Patria, su corazón henchido de orgullo nacional, y se colgó en la solapa medallas que supuestamente iba a devolver, pero siguen adornando su pechera, ya se veía venir que lo que inicialmente podía pasar por una nueva manera de entender la relación de la política y los ejércitos, un acercamiento de la izquierda con los uniformados gracias a la perspicacia del manchego, al final era puro paripé, escandalosa fachada, populismo a ultranza vacío de contenido real. Todos los ministros de Defensa siempre han caído en la tentación de creerse eso de que mandan sobre tropas, barcos y aviones. Y es que lo de que a uno se le cuadren al modo militar a su paso debe imponer mucho, digo yo. Pero en el caso de Bono sólo le ha faltado revestirse de los ropajes de capitán general e introducir su mano entre los botones de la chaqueta, como Napoleón, para posar al frente de sus huestes uniformadas. Claro que, cuando se ha tratado de defender los principios constitucionales ante la afrenta nacionalista, el valiente se ha escondido detrás de las faldas de Zetapé.

Bono no es más que un bluf, una perfecta maquinaria de manipulación de las conciencias, y después de dos años de hacer creer a sus subordinados que tenían al frente a un ministro con un par, a día de hoy ya se han dado cuenta los trogloditas que si quieren aparecer ante el mundo como un ejército europeo tendrán que valerse por sí mismos. Entre otras cosas porque la izquierda que gobierna es, probablemente, la más radical que hayamos conocido en los últimos treinta años, una izquierda que ve en el Ejército un mal necesario. Curioso, por otra parte, tratándose de una izquierda heredera del franquismo sociológico. Siempre he dicho que los miles de ciudadanos que aquel 20 de noviembre de 1975 y días sucesivos hacían cola ante el cadáver del dictador, son los mismos que hoy votan al PSOE. Es más, son los mismos que hoy engrosan las filas de su cúpula. Tiene esto cierta lógica, entiéndanme. Si fuera por Bono, Franco seguiría siendo hoy ‘Generalísimo’ y él su ministro de Defensa. Si fuera por Zetapé, el general seguiría siendo hoy Caudillo de España y él hubiera ocupado el puesto de Carrero Blanco como aspirante a la sucesión

archivado en Politica a las 11:58:33


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