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18 mar
2006

Rodriguez ya tiene su botellón

Rodríguez ya tiene su botellón. No tengo ni idea de lo que ha ocurrido esta noche pasada en la que han saltado las alarmas de las grandes ciudades: los jóvenes españoles amenazaban por sms con montar la de Dios es Cristo en un particular combate nocturno por ver qué ciudad albergaba el mayor número de adolescentes dispuestos a agarrarse una cogorza de cuidado y dejar las calles como si por allí acabaran de pasar los Cien Mil Hijos de San Luis después de haberse fulminado las existencia de Mahou antes de la batalla. Rodríguez ya tiene su ‘botellón’.
Supongo que cuando lean estas líneas ya sabrán ustedes si la cosa ha finiquitado en nada o en batalla campal, pero dada la tendencia juvenil a hacer de algo tan burdo como el derecho a pillarse una trompa una revolución dieciochesca, tiene más pinta de lo segundo que de lo primero, así que Rodríguez ya tiene su botellón. A mí no me ha llegado ningún sms tipo “¡pásalo!” para convocarme a la juerga, pero a algún amigo algo más longevo sí, que digo yo que qué pinta entre tanto imberbe como no sea para llevar a su prole en edad de escozores varios y tenerla vigilada. Y es que los convocantes del acontecimiento no han reparado ni en edad, ni en sexo, ni en religión: ¡Qué se apunte todo el que pueda! Como si el ‘botellón’ fuera la cuna de la Revolución Francesa. Rodríguez ya tiene su botellón.

¿Que qué pinta en esto Rodríguez? Todo, ya lo verán, porque el ‘botellón’ es la expresión a machacamartillo del relativismo socio-político que nos invade. En Francia, la expresión juvenil de rechazo a las normas establecidas se visualizó quemando coches, porque a la tradicional negación como fundamento ideológico que caracteriza los años mozos se unió, también, la virulencia de una juventud inmigrante que reclamaba su lugar en el universo capitalista. Aquí, como somos así como más nuestros, hacemos las cosas al modo en que acostumbramos, es decir, fiestorro, pero eso no quita para que el fondo del asunto tenga mucho que ver.

La juventud se opone a las normas, pelea contra ellas, le importan un rábano los derechos individuales y la libertad de las personas porque se trata de sus derechos y de su libertad para hacer lo que le venga en gana. No hay leyes ni Estado de Derecho que resista su empuje revolucionario por una botella de cerveza y una meada en plena calle acompañada de vomitonas varias y preservativos al borde de las aceras para escándalo de gentes de bien: “Ya que hacemos todo en público, hagamos también el amor y no la guerra, o hagamos la guerra contra los que nos prohíben exhibir nuestro amor en las calles”. Todo es relativo. Es la corriente del momento.

Claro que si el asunto se limitara a la cuestión del bebercio, tendría pase, e incluso solución. Pero no va de eso, aunque sea la excusa, sino de cómo una juventud que no alberga ni principios éticos ni valores morales porque nadie se los ha enseñado y el ejemplo que reciben de sus mayores es que todo vale, es capaz de enfrentarse a la Ley y saltarse a la torera las más elementales normas de conducta por darle al drinking. No le echo con esto la culpa a los padres, aunque habrá de todo, que bastante tienen con intentar escudriñar la complicada mente de un joven entre 16 y veintitantos para poder asomarse, aunque sea un poco, a sus anhelos y sus preocupaciones.

Esto va mucho más allá y tiene que ver con una sociedad en la que se han perdido los puntos de referencia, en la que se practica la técnica del todo vale, en la que igual se dice hoy ‘blanco’ y mañana ‘negro’, según convenga. Si desde las altas esferas de la política se predica la ideología del ‘como sea’, ¿qué podemos esperar de nuestros jóvenes? Con todo, eso es solo un ejemplo del profundo relativismo que se predica desde quienes tienen un concepto de la sociedad radicado en una especie de animalismo, según el cual el ser humano es un elemento más de la cadena productiva carente de moralidad alguna. Llamémosle relativismo colectivista, o colectivismo relativista, que tanto da, o simplemente que para algunos posicionamientos antiliberales el hombre forma parte de un rebaño y no debe tener capacidad de pensar por sí mismo.

Ese ha sido siempre el objetivo último de las ideologías totalitarias, solo que en algunos casos la implantación del colectivismo que anula la libertad personal se llevaba a cabo por la vía de la fuerza, y en otros se apunta a más largo plazo a través de la idiotización de nuestros jóvenes, y en este proceso la izquierda hace suyo aquel dicho de que “en el país de los ciegos, el tuerto es el rey”, y por la vía de la educación hace tiempo que viene procurando una sociedad de idiotas antropológicos incapaces de hacer nada a título individual. El ‘botellón’ es el reflejo de una sociedad que abandona su capacidad emprendedora y de innovación en brazos de la humillación colectiva y la pérdida de la dignidad personal.

Pero eso es lo que quiere Rodríguez y el socialismo relativista que se ha instalado en el poder: una sociedad carente de ética y moral, una sociedad sin principios, una sociedad en la que la idea de libertad vaya cediendo terreno frente al principio absolutista del bien común y colectivo. Escribo sin saber como ha terminado la aventura colectiva del ‘botellón’, pero supongo que habrá bastado con que uno de los gamberros haya tirado la primera piedra, para que el resto escondiera su vergüenza detrás del populismo envalentonado por el alcohol, emprendiéndola a ostias contra sí mismos, porque en el fondo lo que están haciendo es amenazar de muerte su propio futuro. Rodríguez ya tiene su botellón.



fquevedo@elconfidencial.com

archivado en politica a las 1:36:56


david comentó...

"Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros."

Sócrates (470 AC-399 AC) Filósofo griego.

19/03/2006 11:49:55


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